jueves, 5 de agosto de 2010

I know you always wanted to be like sweet color popcorn.

TIMES SQUARE can't shine as bright as YOU.

Diego entró en la habitación, y quedó fascinado. Había una cama de matrimonio en el medio de la estancia, con un edredón nórdico de un color azul muy claro, parecido al del cielo en esos días en los que dan ganas de gritar, saltar, reír y hacer feliz a toda persona que te cruzas por la calle. Cubriendo la cama había un dosel-mosquitera, como los que tienen las princesas.
En la pared de la derecha, blanca, había millones de corazones, fotos, espirales, dibujos, skylines de ciudades, números, letras, post-its, cartas, recuerdos.
La pared izquierda estaba completamente ocupada por una gran pizarra blanca, y a sus pies, una caja con multitud de rotuladores, de todos los colores.
-Ahí es donde escribo y dibujo lo que se me ocurre-dijo ella entonces, ya sentada en la cama, al ver que él miraba hacia su particular lienzo.
-Es una idea genial-contestó él. Pero nada más oírse, le supo a poco.-No, es una idea maravillosa.

Él siguió mirando la habitación, embelesado. En la pared que tenía justo enfrente, había un gran ventanal blanco, con cortinas a juego con el edredón. Desde su posición, se atisbaba un pequeño trocito del mar, y se podía ver casi completamente una gran parte del cielo, y aquellas nubes blancas perfectas, de esas que parecen de algodón de azúcar.
Después la miró a ella. Tenía esa expresión dulce, ingenua, como si ella no tuviera nada que ver con esa maravilla de habitación que había creado. Entonces, hubo algo detrás de Esther que le llamó también la atención. Ella se giró y miró hacia la misma dirección. Al comprobar lo que él estaba observando, se giró otra vez y sonrió.
-¿Quieres?- preguntó ella, aún con esa sonrisa en la cara.
-¿Ahora?
-¿A tí nunca te han contado...-contestó Esther mientras se dirigía hacia la máquina y pulsaba un pequeño botoncito rojo-...que cualquier hora, del día o de la noche, es buena para tomar palomitas de colores?
-Pues...no, la verdad es que no-respondió él, sin poder parar de mirarla.
-¿No?
Diego no contestó. Esther se paró unos segundos, eligiendo una palomita, no al azar, sino una que a ella le pareció especial, ni grande ni pequeña, de color rojo. La cogió con sus uñas de arcoiris y se dirigió hacia él, que la miraba.
-¿De verdad? Bueno, pues ya te lo he dicho yo...¿Y te han dicho: cierra los ojos y abre la boca?
-Quizás...-respondió él, intentando acordarse de algún momento en su vida en el que le dijeron esa frase-Definitivamente, quizás-añadió, recordando aquella película.

Él hizo lo que ella le había dicho. Saboreó aquella palomita, aquel trocito de vida, de esperanza, de pasión, de diversión, de color, de sabor.
Y después, la besó, la saboreó a ella. Un beso lleno de sueños, de ingenuidad, vergonzoso, un beso dulce, prometedor, oceánico. Un beso que le hizo pensar en las olas del mar, en las llamas de una hoguera, en una tormenta, en el olor de la lluvia, en tierra mojada. Un beso suave, cálido, alentador, tierno. Eterno, irreal, mágico, fácilmente idealizable. Perfecto.

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