viernes, 30 de octubre de 2009

ellos.



Ella era la chica más simple del mundo,aparentemente. Le gustaba disfrutar de las pequeñas cosas. Ver el mar. Sencillamente mirarlo, empaparse de él, sin necesidad de mojarse. Ver a ese chico con su tabla. Le llevaba observando tres o cuatro meses, y ni un día había faltado. Se notaba cómo mejoraba, día a día. Cuando caía y perdía una ola, sentía ella ya su frustración. Le encantaba sentarse en el sillón cerca del ventanal de su habitación, con un buen tazón de chocolate, y ver caer las gotas de lluvia por el cristal. Pintarse las uñas. Quitárselas, volvérselas a pintar, de otro color. No la convencía. Se las volvía a quitar. Podía estar horas y horas sólo dedicándose a eso. Podía tumbarse en la cama y soñar sin la condición de dormirse. Imaginar. Comprobar cómo podían pasar de un lado a otro sus pensamientos, sin razón ni lógica alguna.

Él no observaba el mar. LLegaba con su tabla y se lo comía, pedazo a pedazo. Le encantaba. Las encantaba a todas. Menos a ella. Ella sie
mpre observaba el mar, no a sus malabarismos con la tabla. Perdía la mirada enganchada a su iPod. Él miraba de reojo, por si acaso la pillaba,observándole. Alguna vez le pareció percibir algo, ese rápido desviar de ojos. Después se convencía de que eran trucos de su mente, ella sólo pasaba la vista del mar, la parte vacía, en calma, a su iPod, cuando una de las canciones no la convencía y la cambiaba.
Odiaba la lluvia. Lluvia significaba incomodidad para coger olas. Imposibilidad. Las olas le hacían olvidar todo. Cuando por obligación, tenía que prescindir de ellas, ese todo se le venía encima, hasta lo más pequeño podía ser un gran problema, si llovía. En su familia sabían que en un día lluvioso, él iba a estar pensativo y callado, y sencillamente, se abstraía de los demás. Se metía en su propia burbuja, impenetrable. Le molestaba cuando alguien le hacía intentar salir de esa burbuja. ¿No se daban cuenta de que él lo prefería?
Ese día, tomó la decisión de ir a la playa, aún sin surfear. Y con el parte meteorológico de lluvia. Era demasiado para él. Se quería desprender de todo y quizás simplemente viendo el mar, como hacía esa chica...Claro que esa era una segunda razón. ¿Y si estaba ella?


Ella observó el cielo desde la ventana. Primer relámpago. Sonrió. Contó los segundos hasta que sonó el trueno. Uno, dos, tres, cuatro, cinco...casi seis. ¿Seis por 340? 2000 y pico. 2 kilómetros. Estaba aquí al lado.
A los diez minutos, empezó a llover. Ella estaba encantada. Lluvia fuerte, nada de esa que cae en gotas muy pequeñas. Eran gotas grandes, que reso
naban contra la arena de la playa. Entonces algo, alguien captó su atención.

Él maldijo a los dioses de la lluvia y del viento y a todo lo que pudo, no tenía paraguas. Llovía fuerte, vaya gracia. Nada de esa lluvia que caía en gotas pequeñas, que también mojaba, pero algo menos. Miró a los chalets que estaban en el acantilado. Podía subir las escaleras hasta arriba, lo que le llevaría 3 minutos, y quedarse bajo el techo de alguno de ellos hasta que escampara. Era eso o coger una pulmonía.

Ella comprobó lo que había creído ver. El chico del surf estaba subiendo las escaleras que llevaban a su casa.
Bueno, a su casa y a las dos que estaban junto a la suya. Sabía que era él, lo tenía clavado en la mente. Pero jamás le había visto fuera de las olas. Era enérgico, subía las escaleras con fuerza, midiendo su resistencia, aún estando empapado. Se alegró de tener una habitación con un gran ventanal de vistas al mar.

Él deseó que quien viviera ahí tuviera algo de compasión, y no le echara como a un mal bicho, ya que se iba a quedar por lo menos media hora en su porche. Súbitamente pensó en la chica qu
e miraba el mar. Qué tonto había sido, ¿cómo iba a sentarse en la playa con la que estaba cayendo?

Ella estaba segura de que el chico del surf estaba en su porche. No le había visto ir ni al chalet de la derecha ni al de la izquierda, y nadie desaparece así como así. Una idea cruzó su cabeza. Se miró al espejo y salió de su habitación.

Él, cansado, se sentó y apoyó su espalda en la pared del porche. De repente oyó que se abría la puerta. Esperó lo peor, algún viejo amargado que no tiene nada mejor que hacer que quejarse de quien se apoya en su limpio porche de entrada en un día de lluvia.

Ella abrió la puerta.
Él se sorprendió.
Ellos se miraron, sus miradas se cruzaron por primera vez.
Y al mismo tiempo, se podía ver un relámpago, y se podía escuchar un trueno.

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